sexta-feira, 1 de março de 2013

Texto de Diana Andringa


Dizem-nos por vezes: «não vale de nada fazer manifestações — “eles” não nos ouvem». Mas como certamente não nos ouvem é se ficarmos cada um em sua casa
(os que ainda a têm),
evitando as notícias que doem
(aquela família que não pode pagar a renda, a mãe que gostaria de dar leite ao seu filho, a operária que chora a fábrica deslocada — «fazíamos coisas tão bonitas, às vezes nem sabíamos como aquilo saía das nossas mãos» — o homem que se suicidou deixando uma nota a pedir desculpa aos seus credores)
esperando que nunca, nunca, sejamos nós ou os nossos a notícia, distraindo-nos com pequenas coisas para evitar pensar,
com medo de pensar, de dizer, de agir, divididos entre nós ao sabor da propaganda
(«a culpa é dos velhos, que recebem pensões que os novos já não vão poder receber; dos jovens, esses piegas que, em vez de irem trabalhar para as obras noutros países, querem ser úteis estudando no nosso; das mulheres, que por quererem estar na produção negligenciaram os filhos; dos imigrantes, que vieram disputar-nos empregos; dos médicos, que recomendam exames e medicamentos a pessoas descartáveis; dos trabalhadores, que ousam fazer greves»),
dormindo mal, esgotando ansiolíticos e maravilhando governantes e estrangeiros com a brandura dos nossos costumes.
Poupemos, pois, nos ansiolíticos:
gritar alto, cantar, unindo as diferentes vozes, é melhor para a saúde.
Até porque, como escreveu Gabriel Celaya, «as palavras que todos repetimos sentindo como nossas voam».
E, vindo tão a propósito, copio aqui esse poema:

LA POESÍA ES UN ARMA CARGADA DE FUTURO
Cuando ya nada se espera personalmente exaltante,
mas se palpita y se sigue más acá de la conciencia,
fieramente existiendo, ciegamente afirmado,

como un pulso que golpea las tinieblas,
cuando se miran de frente
los vertiginosos ojos claros de la muerte,
se dicen las verdades:

las bárbaras, terribles, amorosas crueldades.
Se dicen los poemas
que ensanchan los pulmones de cuantos, asfixiados,
piden ser, piden ritmo,

piden ley para aquello que sienten excesivo.
Con la velocidad del instinto,
con el rayo del prodigio,
como mágica evidencia, lo real se nos convierte

en lo idéntico a sí mismo.
Poesía para el pobre, poesía necesaria
como el pan de cada día,
como el aire que exigimos trece veces por minuto,

para ser y en tanto somos dar un sí que glorifica.
Porque vivimos a golpes, porque apenas si nos dejan
decir que somos quien somos,
nuestros cantares no pueden ser sin pecado un adorno.

Estamos tocando el fondo.
Maldigo la poesía concebida como un lujo
cultural por los neutrales
que, lavándose las manos, se desentienden y evaden.

Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse.
Hago mías las faltas. Siento en mí a cuantos sufren
y canto respirando.
Canto, y canto, y cantando más allá de mis penas

personales, me ensancho.
Quisiera daros vida, provocar nuevos actos,
y calculo por eso con técnica qué puedo.
Me siento un ingeniero del verso y un obrero

que trabaja con otros a España en sus aceros.
Tal es mi poesía: poesía-herramienta
a la vez que latido de lo unánime y ciego.
Tal es, arma cargada de futuro expansivo

con que te apunto al pecho.
No es una poesía gota a gota pensada.
No es un bello producto. No es un fruto perfecto.
Es algo como el aire que todos respiramos

y es el canto que espacia cuanto dentro llevamos.
Son palabras que todos repetimos sintiendo
como nuestras, y vuelan. Son más que lo mentado.
Son lo más necesario: lo que no tiene nombre.
Son gritos en el cielo, y en la tierra son actos.